Le conté que me sentía como un
zombie.
Hubo silencio, hasta que finalmente confesó carecer de las palabras correctas para continuar con los diálogos que se refieren a la muerte de alguien. No queriendo recurrir a un "en verdad lo siento", optó por extenderme una invitación a seguir viviendo por aquellos que se han ido.
Entonces, respondí con un "¿para qué por ellos?"... en ese momento me parecía más lógico seguir viviendo por mí: acogida en mi egoísmo, invadida por una sobredosis de escalofríos. Cada choque entre mis dientes me recordaba que no hay día en que la muerte no me aceche.
"No queda nada que podamos hacer por aquellos que se han ido..." --continué, "...no les sirve que recolectemos rezos y llanto en su nombre, no les sirve que les ofrezcamos la vida que nos resta o la muerte que vendrá. Ni siquiera nuestros recuerdos les sirven. Recordamos para nosotros, nos aferramos a no olvidar el bienestar que nos brindaba aquella persona que hoy ya no está; intentamos revivirlo en nuestra mente como cuando se miran las fotografías de un album."